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El eterno retorno de una identidad colectiva

Karl Marx dirá, en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, escrito en 1851: Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Trastorno. Un culebrón metafísico, versión libre de Pompeyo Audivert de El pasado de Florencio Sánchez, con la dirección del mismo Pompeyo Audivert y Andrés Mangone es una relectura política de la pieza original, que tiene ya más de cien años, llevada a cabo junto a un grupo de actores que, con sus cuerpos singulares y expresivos, afirman un espectáculo combativo.

La obra se establece frenéticamente y, en su delirio anormal, hace justicia, porque, se encarga de develar una historia, un pasado que nos constituye como pueblo-nación. Un pasado que vuelve como un fantasma, como un muerto-vivo: ser monstruoso que persigue insistentemente, igual que una sombra. Pero que, también, compone un relato: el de opresores y oprimidos, vinculados mediante relaciones de poder, donde unos se han establecido sobre otros gestando la historia hegemónica.

El espectáculo se presenta como catarsis autorreferencial, generando en el espectador la sensación de observar algo ya visto, ya vivido como sujeto social. Como si se estuviera viendo en un espejo gigante que trae recuerdos, esta acción produce en el que ve, una nueva perspectiva que reconoce los puntos de conexión entre los hechos históricos de otra época y de la actualidad.

Siendo así, la capacidad de observar y detectar características subjetivas en la composición de una identidad, la que sin duda logrará que se produzca un “agenciamiento colectivo de enunciación y agenciamiento maquínico de cuerpo” (Deleuze), lo que, en su recíproca relación, originarán nuevas formaciones discursivas creadoras de sentido-lenguaje, de cultura, ideología, normas y emociones.

La naturaleza curiosa y alquímica une a estos dos creadores -Florencio Sánchez y Pompeyo Audivert- en un tiempo presente que los hermana como descubridores y pensadores de la escena.  El primero, introduciendo la estructura del drama moderno al teatro rioplatense y, el segundo, como hacedor de la autoreflexión en relación a la  identidad del actor argentino, pensando la estética de la actuación contemporánea, conformada por reminiscencias del género sainete y grotesco criollo o con alusiones explícitas al melodrama, develando al espectador el artificio teatral, la construcción de la ficción como mecanismo.

Al igual  que Brecht, que intentó poner en duda la idea del teatro como un mero reflejo de la sociedad, la obra muestra el trabajo del artista, aludiendo al parentesco de la artificialidad del arte con la sociedad como una construcción humana. Trastorno es claro en sus recursos y no trata de ocultarlos, volviéndolo explícito hasta en su texto.

Dice el personaje de Rosario: “Vivimos en una ficción, nunca lo olvides. La realidad es una ficción, el amor es una ficción, el dinero es una ficción ¡Pero es nuestra ficción!

Además de escribir y dirigir la obra dramática, Pompeyo interpreta a Rosario: madre omnipotente, perversa y cínica que esconde un pasado que la perturba y pone en riesgo toda su descendencia por relación extramatrimonial, lo cual genera una serie de acontecimientos trágicos. El texto, ya clásico dentro de nuestra tradición literaria, se convierte en contemporáneo y expresa imágenes simbólicas que constituyen nuevas interpretaciones.

Rosario, para Sánchez, es la mujer del pecado original, es la representación de la pulsión de placer fuera de la norma moral, inscripta dentro su clase social alta, que le exige total disposición en una toma y daca de retroalimentación perversa.

Para Audivert, sigue siendo el mismo personaje en su estructura básica sumado, en este caso que lo interpretará él, en una concepción de “devenir mujer: construcción de un cuerpo sin órganos, singular y propio más allá del organismo que resulta de disciplinar, familiar y socialmente, este cuerpo” (Deleuze y Guattari). Además, la erige como la jefa del clan familiar oligárquico que intentará, como buena participe de una elite de ideología política conservadora y liberal en lo económico, mantener, dentro y fuera de su hogar, el poder que afianzara la identidad nacional de principios del siglo XX.

Resulta atractivo y cautivador asistir a una puesta donde el arte se funda y mantiene como  agente crítico, territorio donde los artistas no sean cuerpos narcisísticos, utilizados como objetos de deseo, sino que se dispongan como sujetos deseantes que emplean nociones de la historia del país, de su economía y de su política.

Es, entonces, la capacidad de conectar los problemas sociales o de índole más privada -en este caso, los avatares familiares- con las problemáticas filosóficas, lo que vuelve excepcional la puesta de Trastorno, capaz de poner en primer plano el carácter explotador, alienante y deshumano del capitalismo que ha llevado al ser humano a la desigualdad, la inequidad y exclusión social. Haciendo necesaria la acción de ver y reveer el pasado para que el retorno sea una regreso a algo diferente, a otra etapa de la realidad, gestada con conciencia social, de manera colectiva y creativa. Una realidad del instante, de la transformación y no de la copia.

Ficha técnico-artística:

Autoría: Pompeyo Audivert

Sobre textos de: Florencio Sánchez

Elenco: Pompeyo Audivert, Julieta Carrera, Juan Manuel Correa, Pablo Díaz, Fernando Claudio Khabie, Fernando Naval e Ivana Zacharski

Diseño de vestuario: Julio Suárez

Diseño de escenografía: Pompeyo Audivert y Lucia Rabey

Diseño de luces: Leandra Rodríguez

Música original: Claudio Peña

Fotografía: Bernabé Rivarola

Asistencia de dirección: Marta Davico y Mónica Goizueta

Producción ejecutiva: Marta Davico y Mónica Goizueta

Dirección: Pompeyo Audivert y Andrés Mangone

Viernes y sábados a las 20hs. Hasta el 14/09/2019.

Duración: 85 minutos.

Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, Av. Corrientes 1543, CABA.

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