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Culturicidio y emancipación: las disputas culturales por el sentido común bajo el macrismo

Segunda Parte.

La interpretación del sentido de una experiencia histórica puede cambiar la comprensión de los hechos del presente.

La elaboración de la memoria del genocidio que padecimos, a través de la representación de Memoria, Verdad y Justicia –producida gracias a la reapertura de los juicios que dieron por concluido un largo período de impunidad–, resignificó nuestra interpretación del pasado, porque, le otorgó un sentido distinto y vital a las experiencias políticas y culturales sesentistas y setentistas; otrora vedadas y estigmatizadas bajo la teoría de los dos demonios. Porque, con tal reinterpretación y reelaboración de esa memoria se abrieron, de ese modo, en el presente argentino del período 2003-2015, horizontes políticos que parecían, definitivamente, clausurados: los de la redistribución más justa de la riqueza material y simbólica, y los de la democracia, concebida como ampliación de derechos individuales y colectivos. Porque, así retornaba el fantasma irredento del peronismo, el de la puja redistribucionista, el de la soberanía con justicia social, ese hecho maldito de la política argentina.

Sin embargo, esa representación, esa memoria sobre el genocidio no es la única que existe en nuestra sociedad, porque convivió y convive con otras. Desde la vieja teoría de los dos demonios, hasta las distintas representaciones del negacionismo, revitalizadas, desde diciembre de 2015, por el gobierno de Mauricio Macri. Se trata de una memoria amenazada, de una disputa cultural por la interpretación del pasado para cambiar la matriz cultural del presente.

Desertificar la realidad –y la trama narrativa y el lenguaje que la representan, en y desde su diversidad– para erigir la utopía neoliberal, deshistorizar a la sociedad para desactivar su memoria de luchas y mercantilizar a la educación para cambiar su matriz cultural. Tres mecanismos culturicidas para cambiar buena parte del alma nacional, nuestro ethos histórico insumiso que explica la persistencia de rebeldías y querellas por una democracia más justa, más libre, más plena y más soberana.

Pero, no se trata sólo de la amenaza sobre esa representación y esa memoria, porque, el cambio cultural del que habla el macrismo, la transformación de la matriz cultural a la que se refiere se remonta a más de 70 años atrás, hacia la Argentina anterior al 17 de octubre de 1945 y, si se me permite, anterior incluso a las leyes laborales que introduce Perón cuando fue secretario de trabajo. Porque buscan hacer desaparecer la trama cultural, política, sindical y jurídica de 70 años de historia argentina. Porque buscan reinterpretar 70 años de historia, como los de la decadencia argentina, para señalar a su culpable: el peronismo redistribucionista. Porque, si nos alteran esa memoria, nos ganan la batalla cultural que se libra en el presente para reconfigurar nuestra sociedad en términos de legitimación de la nueva legislación de la desigualdad social.

Ahora bien, para desarticular el conjunto de representaciones que configuran la memoria de esos 70 años de historia –la que funda la identidad política o el núcleo duro identitario de la oposición política actual–, el neoliberalismo apela, como sostiene Nora Merlín[1], “a la promoción e instalación social del odio”, el más potente mecanismo culturicida de destrucción social, en el contexto del Plan Cóndor 2, caracterizado por las guerras híbridas en el marco global de una Nueva Guerra Fría.

El gobierno de Cambiemos destruyó casi todo: la economía, la cultura, la ciencia y la tecnología. Pero, el mayor daño realizado, el más difícil de revertir, resulta la promoción e instalación social del odio. Los medios de comunicación concentrados, la voz del poder, estimulan el odio que el neoliberalismo necesita para permanecer. Neoliberalismo-odio constituye una relación indisoluble, en la que sus términos se retroalimentan.

El neoliberalismo, basado en la tiranía angurrienta de un poder totalitario y concentrado, pretende un goce absoluto sin distribución y al servicio de minorías privilegiadas. Un sistema en el que la mayoría no entra funciona como un dispositivo que descarta, mientras, produce cultura de masas. Requiere de un consenso social obediente y uniforme que, tomando consistencia en el odio-pasión, está dispuesto a la ofrenda sacrificial de una parte de la sociedad a la que segrega para beneficio de otra parte minoritaria: neoliberalismo y odio operan juntos.

Porque, el odio desarticula y destruye los tejidos sociales, los lazos comunitarios que sostienen las relaciones solidarias de esa trama cultural y política que tiene más de setenta años en nuestra historia. Destruye, tanto como la política económica neoliberal, porque, es su condición de posibilidad simbólica, la vía regia para la colonización de las subjetividades.

La imposición que realiza el poder es invisible, el veneno inoculado va directamente a la afectividad de la subjetividad, sin mediación racional, y se expande por contagio e identificación formando el sentido común. El resultado es una sociedad colonizada compuesta por odiadores seriales que repiten frases-signos, un rebaño asustado que obedece los deseos del amo demandando mano dura y orden.

Porque, si bien, como escribe Merlín (2017), el “odio es más antiguo que la civilización”, ahora, en esta nueva etapa de dominio mundial neoliberal, la concentración mediática sin precedentes y los nuevos dispositivos tecno-digitales de subjetivación lo convierten en el sentimiento fundamental para articular una hegemonía cultural de derecha.

“…un verdadero bullying social, una violencia psicológica, verbal, material y física contra determinados sectores de la sociedad. El desarrollo tecnológico permite que el odio-pasión se difumine por las redes, whatsapps y medios de comunicación, como un veneno contagioso que se entrama en los múltiples aspectos de la vida social y forma un tejido neoplásico de células malignas.”

Evoco el estudio realizado por Tereschuk y Freibrun[2] sobre ideologías y representaciones sociales en los votantes de Cambiemos. Evoco lo allí afirmado acerca de las representaciones sobre orden, seguridad, imagen del otro y redistribución de ingresos. Pienso en el papel capital que tiene en nuestra historia, desde la dictadura del 76 en adelante, la manipulación política de los miedos sociales. Pienso en el rol funcional que ocupa esa manipulación, ahora, que los miedos han sido convertidos-degradados como odios, para la construcción de chivos expiatorios sobre los que descargar las violencias verbales y físicas, por tantas frustraciones que acumulamos como sociedad en poco más de 3 años de régimen neoliberal.

“La masa neoliberal, instrumento del poder, precisa descartar, cruelmente, a los más indefensos y a los que no pertenecen a la ligazón: el poder transforma a los opositores al régimen en enemigos amenazantes, promoviendo hacia ellos el odio social. El poder neoliberal segrega dejando afuera a las mayorías, alimenta ideales racistas, xenófobos y machistas, estimulando un sadismo extremo hacia los ‘otros’. Promueve el odio, expresado como desprecio al pueblo y sus líderes; convierte el conflicto político en una lucha entre corruptos y decentes, degradando la democracia a una guerra entre dos bandos enemigos. Junto con el odio, instala un clima de inseguridad y un sistema de creencias que funcionan como certezas, a fuerza de la repetición de imágenes-signos que justifican la represión y la violencia”.

He ahí la razón de la lamentable emergencia, otra vez, del concepto culturicidio, ese neologismo que sólo había visto en un par de textos, escrito como al pasar y de referencia ambigua. Escribí, al comienzo de este ensayo, que quince años atrás decidí precisarlo, resignificarlo como una categoría valiosa, porque, me pareció contraseña clave para meterme en los pliegues secretos de nuestra vida social durante los años de saqueo y horror, para que, en diálogo con genocidio, me permitiera adentrarme en las aguas turbias de nuestra historia nacional. Escribí, entonces, su definición: delito contra el derecho de gentes consistente en la aniquilación intencional de las creaciones, objetos, valores culturales y patrimonio de un pueblo indispensables para la constitución de sus subjetividades y de su identidad nacional, con el propósito de transformar a los sujetos sociales en seres diametralmente diferentes, en individuos despolitizados, temerosos, aislados de lo colectivo y disciplinados según -corrijo ahora- los intereses de las corporaciones que conforman el poder dominante.

Sin embargo, a diferencia de los aciagos días de 2001-2002, existe, hoy, en la Argentina, un liderazgo político contra hegemónico, el de Cristina Fernández de Kirchner, una minoría intensa de un tercio de argentinas y argentinos que la respaldan, el sector identificado como kirchnerista, cuya base social abreva, además del peronismo, de otras tradiciones políticas del campo nacional y popular y de la izquierda. Otro tercio representa el núcleo duro del macrismo y el tercio restante se divide entre el pan peronismo, el progresismo socialdemocráta, sectores de la izquierda y muchas y muchos independientes. Porque, hoy, en nuestro país –se tome la consultora y las encuestas que se prefiera–, más de un 60% desaprueba la gestión del gobierno de Mauricio Macri, condición necesaria, pero no suficiente, como ya escribí, para derrotar en octubre al neoliberalismo. Porque, debiera prevaler en el análisis de qué decisión tomar en estas elecciones, qué es lo que realmente está en juego para nuestras vidas individuales y colectivas, para las generaciones venideras y para el destino del Estado-Nación del que formamos parte.

“¿Acaso soy el guardián de mi hermano?” La antiética macrista.

Resuenan, ahora, en mi memoria, estas palabras de Caín a su padre Yahveh para evadir la pregunta de este: “¿Dónde está tu hermano Abel?”. Porque, lo acababa de matar. Pienso en este asesinato del hermano, fundante de la tradición judía, como una metáfora de nuestra tragedia civilizatoria. Pienso en que, en esa tradición, Abel encarna el mundo del desierto, la vida nómade, mientras que Caín representa el mundo de las ciudades y de la civilización. Pienso, varios milenios después de ese relato bíblico, que la figura emblemática de Caín se yergue, hoy, victoriosa en los gobiernos de gran parte del mundo, desde el elogio del egoísmo como virtud, como la pulsión primaria por antonomasia de nuestra condición humana, como lo exalta y pontifica Ayn Rand[3], en el único libro que conocemos públicamente que leyó Mauricio Macri, su única escena de lectura pública en una playa.

¿Acaso tengo que soportarlos y enseñarles a quienes no quieren aprender? ¿Acaso tengo que bancar con mis impuestos a la escuela pública, a las universidades públicas, a los que viven de subsidios y planes del Estado? ¿Acaso tengo que bancarme que se jubilen quienes no aportaron como yo? ¿Acaso tengo que bancar, con los esfuerzos de mi trabajo fuera del Estado, a los inmigrantes que vienen a quitarnos el trabajo y a delinquir? Escuché, leí y sigo escuchando y leyendo con frecuencia estas preguntas retóricas –porque llevan consigo sus previsibles respuestas–, cargadas de un profundo resentimiento, hijo de diversas frustraciones, de viejos prejuicios y miedos sociales, ahora, transformados en odios, como escribe Nora Merlín (2017).

Cruzo, entonces, estos interrogantes con la antigua pregunta de Caín. Porque ninguno de ellos y ellas espera escuchar una respuesta distinta de la que está convencido o convencida que debe ser la correcta. Porque sienten y piensan que la respuesta es y debe ser No. Lo hago porque creo que tales preguntas retóricas articulan la narrativa con la que el macrismo construyó su hegemonía cultural, su tácito pacto con buena parte de nuestra sociedad. La letra invisible del contrato social fundado en el odio a Cristina Fernández de Kirchner y el kirchnerismo, como encarnaciones de quienes, en nombre de la política y el Estado populista –esos dos monstruos irredentos–, eligen y ayudan, siempre, a quienes no hacen los méritos necesarios, no merecen lo que les dan, mientras, la gente que de verdad trabaja es sacrificada con impuestos excesivos e interpelaciones a su memoria política. ¿Acaso somos responsables de ellos? ¿Acaso somos responsables de esos y esas?

Por eso, vuelvo a la letra de la publicidad de Chevrolet (2016), porque es paradigmática del nuevo sentido común “meritócrata”, que expresa la Argentina prometida por Cambiemos: imaginate vivir en una meritocracia, un mundo donde cada persona tiene lo que merece; donde la gente vive pensando dónde progresar día a día, todo el día. Donde el que llegó, llegó por su cuenta, sin que nadie le regale nada. Verdaderos meritócratas. Ese que sabe qué tiene que hacer y lo hace sin chamuyo. Que sabe que cuanto más trabaja, más suerte tiene. Que no quiere tener poder, sino, que quiere tener y poder. El meritócrata sabe que pertenece a una minoría que no para de avanzar y que nunca fue reconocida hasta ahora.

Esa es la promesa envenenada de la República Matrix, la que, por debajo de su máscara plutocrática, nos deja ver, para quienes queremos hacerlo, su obscena mueca cínica. Esa es la utopía neoliberal, la que se propone romper, definitivamente, el principio de solidaridad fundado en la Argentina hace más de 70 años. La del hombre y la mujer nuevxs, despojados de todo sentimiento solidario. Para lograrlo cuentan con el servicio, todo terreno, del omnipresente blindaje mediático-judicial y con la guerra híbrida que las corporaciones en el poder, hoy, desatan contra aquellas y aquellos que no están dispuestos a callarse ni a agachar sus cabezas.

¿Quién te falta? La ética de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo

Evoco, ahora, con emoción, la belleza lacerante de este interrogante íntimo y ético que hacían las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo cuando alguien se les acercaba, tímidamente, en los primeros años de su trágica y conmovedora fundación. Escribí, durante mucho tiempo, que eran nuestras Antígonas ejemplares. Ahora, pienso que no, que son mucho más que esa hermosa hermana griega que se enfrenta a la razón del Estado porque sabe y siente, dentro suyo, que el cuerpo de su hermano no debe quedar insepulto. Porque nuestras Madres y Abuelas no actuaron cada una por su cuenta, porque, primero, supieron buscarse y reconocerse en sus dolores. Porque no buscaron ni buscan sólo a quienes, familiarmente, les faltaban y faltan, sino, a todas y todos los 30 mil desaparecidos y a sus hijas e hijos, sin descanso, sin apelar a la venganza, sólo reclamando Memoria, Verdad y Justicia. Porque hicieron fortaleza de su debilidad original. Porque fueron paridas políticamente en la desgracia. Porque encarnaron y encarnan los sueños rotos de sus hijas e hijos. Porque sus ejemplares luchas refundaron los sentidos de nuestra democracia. Por eso, son nuestras heroínas colectivas.

Por eso, Nora Merlín (2017) contrapone la figura de Eros, que encarnan las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, a la de los odiadores seriales. Porque necesitamos de “un amor político como el que nos legaron” ellas, “una resistencia cultural que diga “No al neoliberalismo”, desde un universo de valores diametralmente diferente.

Porque el neoliberalismo mata.

Provoca genocidios más lentos, porque te despoja de derechos: a tener un trabajo, un salario digno, una vivienda, salud, educación, una jubilación, una cultura diferente a la del régimen plutocrático de las corporaciones; a manifestarte y contar con una justicia que resguarde tus derechos.

Te despoja de un Estado que sea garante de esos derechos.

Te despoja de una Nación e identidad de la cual sentirte partes.

Te despoja de una comunidad o del sentido comunitario, para que pienses que si vas solo te irá mejor.

Te sumen en la pobreza e indigencia, pero, te dicen que vos sos el culpable, por no haberte esforzado lo suficiente, por pensar y sentir como pensás y sentís, por ser un perdedor o perdedora, negra o negro, indio o india, nieri, en fin, un tape que tiene lo que se merece por votar a quién vota.

El neoliberalismo mata, porque la pasión de la que se alimenta es el odio clasista, racial y sexista.

El neoliberalismo mata, porque su proyecto de mega concentración económica clausura derechos a las mayorías y restaura los privilegios de las minorías.

Por eso, propondrá Merlín (2017) “una pedagogía de la solidaridad”.

Porque ya es tiempo de que esas bellísimas mujeres, que no saben de descansos ni renuncias desde un lejano jueves de abril de 1977, encuentren, en una legión fraterna de seres humanos, la savia nueva que sepa recoger sus herencias éticas y épicas para proponernos y proponer, a quienes habiten el suelo argentino, la ética y la épica de la solidaridad, para reinventar los sentidos que le damos a nuestras formas de vida comunitarias.

Ese es su credo y, también, el mío. Sepamos preguntarnos, entonces, quiénes nos faltan, quiénes nos están faltando y haciendo falta para la unidad en la diversidad que supere los archipiélagos desde los cuales sobrevivimos a la intemperie en este nuevo culturicidio. Porque, esa es la tarea inexcusable para la creación de un proyecto político soberano, emancipatorio y despatriarcalizador, que se proponga tanto erradicar el odio como instrumento de manipulación política, como dignificar, sobre todo, nuestras vidas personales, familiares y comunitarias.

Esa es mi Matria insumisa, solidaria e indomable, la Argentina que vencerá a lxs nuevxs profetas del odio.

(Texto extraído de Culturicidio II. Cultura, Educación y Poder en la Argentina 2004-2019).


[1] Merlín, Nora (2017), Colonización de la subjetividad. Los medios masivos en la época del biomercado, Buenos Aires: Letra Viva.

[2] Tereschuk, Nicolás y Freibrun, Nicolás (2018), La base electoral del macrismo y las representaciones sociales, Informe de un estudio del CEM (Centro de interuniversitario de Estudios Metropolitanos). En:

http: //estuidiosmetropolitanos.com.ar/wp-content/uploads/2018/07/ La base-electoral-del-macrismo_ideolog%C3%ADas-y-representaciones-sociales.pdf

[3] Rand, Any (2009), La virtud del egoísmo, México DF: Editorial Grito Sagrado.


Francisco Tete Romero es escritor, docente y editor.

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